«De la imaginación nos empecinamos en apreciar solamente lo que consideramos ingenioso y nos apresuramos a relegarla al mundo de la fantasía sin comprender hasta qué punto es la única herramienta de que disponemos para atisbar la realidad.» (Gonzalo Suárez)

Sin nombre

Hay historias en las que no pasa nada. Hay momentos en los que no pasa nada o puede que esté pasando todo.

La mañana es fabulosa; es tan difícil usar este adjetivo que cuando algo lo merece no se puede despreciar la oportunidad. El aire es limpio, nuevo. En el parque los gorriones alborotan, pían y, bueno, hacen lo que suelen hacer siempre pero con un nerviosismo que llena todo de velocidad y urgencia.

Un hombre ve un banco vacío y toma tres decisiones: se va a sentar, conectará su walkman y perderá su nombre por algún rato. No quiere saber quién era hasta hace un segundo, es más, ya se ha olvidado.

La madera del banco cruje dándole la bienvenida. Él corresponde al detalle desprendiendo una hoja atrapada entre dos listones. Un auricular, otro, play, los ojos cerrados, y el sol que traspasa sus párpados dejándolo en una oscuridad de luz.

Le gusta lo que oye, hace juego con el momento. Como no sabe quién canta abre un ojo, de tapadillo, para ver la pantalla: 03.Ben Harper.Fool For A Lonesome Train.mp3. No tiene ni idea de quién es, ni siquiera entiende lo que dice, pero da igual. Le gusta y... hace juego con el momento.
Vuelve a ensoñarse. Deja que la armónica y los tonos bajos le dirijan el cuerpo; deja que se encarguen de respirar por él, prestándoles el alma.

Cuando pasan diez minutos, o mil años —no lo sabe—, se abre al mundo y decide tres cosas: se levantará, volverá al sitio de donde vino y dará su walkman al hombre de manos crispadas que ahora se sienta a su lado.

Su nombre... por ahora, aunque sólo sea por diez minutos más, no quiere recuperarlo.






Whatssap

—¿Hola? ¿Ana?
                                              Hola, ¿cómo estás?
—...bien. Supongo. Mejor.
                                              —Ayer no tenías buen aspecto.
—Ya. Es lo normal.
                                              —Fue duro el funeral...
                                                 Las despedidas, las ofrendas...                                                                                                                          
—La verdad es que sí.
   Muchos desconocidos.
                                              —Seguro que ahora todo  mejorará.        
                                                 No pienses en ello demasiado.             
                                                 Tranquilo.
—Eso espero.
   No estoy seguro...
   de si me recogerán.
                                              —Si quieres voy yo y te llevo otros
                                                 pantalones...
                                                 ¿Sabes que tenías unas manchas?         
—No lo hagas. 
   Ya vienen.
                                              —Vale. ¿Vas con ellos?
—Ajá. 
   Lo sabía...
   Verdes...
                                              —Oye, que estoy en casa. 
                                                Ven cuando puedas, Javier.
     Apenas un minuto después entra Javier en el piso dando un portazo
 y le da un beso a Ana. 
     —Javier, si ya estabas llegando ¿para qué me mandas mensajes?
     —¿Qué? Yo no he sido. Ayer perdí el móvil; se cayó dentro del ataúd
 de mi primo y me dio vergüenza recuperarlo.
.......
Texto bilectual. 
Aclaración del autor: ¡¡¡Ninonino ninonino tin tin tin tin!!!!

Talis-man (una historia de zombis)

En contra de lo que se pudiera pensar, la no-vida de un zombi no es fácil.

Todo ocurrió por su culpa; ella no se resignaba, al contrario que yo mismo, a aceptar el final que me había pronosticado aquel escáner. Yo, por mi parte, sabía que las misiones fundamentales estaban cumplidas: con el tipo de vida que había llevado hasta ese momento era más que probable que mis genes estuviesen reproducidos en una docena de chavales; trasplanté el agonizante geranio del balcón en una maceta nueva dando por sentado que lo de plantar un árbol puede extenderse a cualquier individuo de la clase vegetal; y si no un libro, aquella carta a mi jefe en la que le escribí todo aquello que pensaba de él, hijo de promiscua madre y poseedor de lucida cornamenta, bien podría considerarse como un epílogo bukowskiano.

Pero no, ella quería retenerme a su lado. Decía que desde que estaba conmigo la vida le sonreía. Y ella, a su vez, sonreía cuando me llamaba Talis-man, su hombre de suerte.

Talis, me dijo, no voy a consentir que me abandones. Y vaya si lo consiguió. Todavía estaba yo en pleno tratamiento cuando viajó a Haití para realizar un cursillo de vudú. Creo que desde entonces, gran parte del escepticismo con que siempre he juzgado la utilidad de estos congresos, se ha desvanecido en la certeza de que, por lo menos, hay algunos en los que sí que se pueden aprender cosas. Heme aquí, si no viva, sí prueba de ello.

Cuando volvió del viaje, me hizo tomar unos polvos —con sabor a menta tropical— y de lo que pasó después, velas, ritos y sangre de pollo coagulada, aunque no guardo memoria, sí que guardo, al lado de la película de Mary Poppins, la cinta de video que grabó de todo aquello. Fue una gran filmación, se la calificaron con un ocho cuando la mandó como tesina de prácticas a su profesor-maestro-vudú de las Antillas.

Ahora, mi existencia es un tanto diferente.

La primera vez que intenté afeitarme, en esta nueva faceta de mi no-vida, conseguí de una sola pasada eliminar toda la barba… y toda la mejilla. Mi carne, ahora, está blanducha y cuesta mantenerla en su lugar. Pero lo arreglé bien, un poco de silicona y el genial nº 44 de Max-factor ofrecen la ilusión de una cara completa.

Nuestros gastos han aumentado. Cada mañana, lleno la bañera con diez botes de Varón Dandy de medio litro cada uno; el tendero de mi barrio me idolatra. No es que tenga una predilección especial por este perfume, pero es el único que consigue ahuyentar a las docenas de perros, gatos y ratas que cuando no lo uso, atraídos por el olor, me persiguen por la calle, cual caducado flautista de Hamelin.

No duermo. Esto podría no ser un problema si nuestra casa no fuera un pequeño apartamento de sesenta metros cuadrados; el salón está atestado con todos los cachivaches que compro por teléfono al Tele-tienda. No duermo, ya lo dije. Mi última adquisición ha sido una máquina vibradora, para mantenerme en forma. Ahora no puedo ir a gimnasio, probé un día pero dejé la toalla hecha un asco y un dedo en el pulsioxímetro. Sin embargo, sólo he usado una vez la vibration training plus; a los cinco minutos de estar subido en ella tenía los pezones en las rodillas. Literalmente.

Hoy estoy un tanto deprimido. Hace un rato me bebí una cerveza. Odio cuando se me olvidan las cosas que no debo hacer. Lo dicho, casi instantáneamente una mancha espumeante se extendió por mi entrepierna. No debí hacerlo pero me bajé la bragueta y contemplé apenado el estropicio. Esto del estropicio ocurrió hace dos noches, cuando ella me dijo, venga machote, hasta el fondo. Y allí mismo se quedaron mis partes. Y yo sin ellas. Y con el estropicio.

He decidido que no vale la pena. Perdido lo perdido, a mi existencia poco sentido le queda.

Me levanto de la silla de la cocina. Como un zombi —no podría ser de otro modo—camino hasta la nevera. La abro. La única manera de librarme de esto es contrarrestarlo con la chispa de la vida. Avanzo una mano y con decisión agarro la roja lata de letras blancas que ha de darme la libertad. Bebo.

Asco de memoria. Otra mancha.

Presentación en la Feria del Libro

Por si alguien quisiera o quisiese ir, el viernes 27 de Abril a las 19.00 en el salón de Cajasur, en el Bulevar de Córdoba, se presentará el libro “Los conejos no llevan reloj”.   Presentarán el acto: Francisco Gálvez, Eladio Osuna y Elena Mellado.
A mí me pilla lejos y no podré estar, pero seguro que entre todos harán una buena presentación.

Evento feisbuq ...

Los conejos no llevan reloj

Ya está lista la portada del libro que me publica La fragua de Metáforas en la colección "Hojas de fuelle". Es todo un lujo: una edición cuidada de un tamaño adecuado al contenido (solo mide 15x15), en papel artesanal y que cuenta con las ilustraciones de Elena Mellado (una joven artista).
Este ha sido el premio por ganar en la segunda edición del concurso "Esculpiendo historias" con el microrrelato "Humor cósmico".  No está nada mal, ¿eh?

Humor cósmico

En la nave, al emprender el viaje de vuelta, se oyó una carcajada alienígena.

En la Tierra, hasta entonces desierta, quedó su legado: una gallina y un huevo.

El sexador de pollos

     La cinta iba cada vez más rápido y Hurimi se estaba retrasando. Era muy disciplinado, no le gustaba perder el control de la situación. Si no conseguía adelantarse a sí mismo, se produciría un desborde de los pollos acumulados y su terrible consecuencia: el despido.

     Hurimi no podía permitirse perder el trabajo. Eran los únicos ingresos que tenía para mantenerse y proseguir con su vida rutinaria y metódica. Sólo contaba con cuatro segundos para decidir, mirándoles el músculo del ano, el futuro de cada pollo: para carne o para huevos. Se concentró en la tarea y su tiempo comenzó a bajar; tres segundos noventa, tres ochenta, tres setenta.
     —Macho, hembra, macho, macho, ¿…?
    No podía creer lo que estaba viendo: un pollo sin culo. Un segundo. «¡Esto no puede ser!» Uno veinte. «Por más que miro no lo encuentro.» Dos segundos. «El desborde…» Tres veinte.« ¿Y ahora qué hago?» Tres cuarenta «¡Al bolsillo del pantalón!» Solucionado el problema, siguió faenando: uno aquí, otro allí… hasta que la sirena anunció el final del turno.

     Volvió a casa, olvidado del pollo que dormitaba en su bolsillo. Fue al desvestirse cuando un bostezo piado le recordó su existencia. Cogió al bicho y con dos dedos intentó estrangularlo ¡casi pierde el trabajo por su culpa! El pollo medio asfixiado, pidió clemencia juntando sus alas en gesto de súplica. Hurimi se apiadó de él y lo soltó.
     —Benevolente Hurimi —dijo el plumífero, agradecido—, has de saber que soy especial. Tengo el don de otorgar deseos y, a ti, por salvarme, te concederé aquello que más quieras.
     Quedó el sexador pensativo. Hizo una síntesis de su reglada vida, y supo lo que más deseaba.
     —Pues solo quiero que tú también tengas culo.

     En el universo particular de Hurimi, el orden quedó restablecido.

Tiempo de volar

María, con paso lento, baja a la cámara. Todavía no ha amanecido y la tenue luz de la bombilla ilumina desganada los estantes. Entre telarañas está atrapada toda una vida. La de María.

Coge una foto enmarcada y pasándole un dedo rescata del polvo un rostro; Santiago, su hijo, le sonríe desde el papel satinado. María intenta recordar si después de aquella hubo alguna otra sonrisa. Pero no encuentra el recuerdo.

Hace frío allá abajo. Se cruza sobre el pecho la rebeca.

Sin querer, golpea con el pie una jaula oxidada. Se queda mirándola fijamente. Cuánto tiempo había pasado…

… Era un polluelo de verderón. Marrón y con el pecho amarillo. Le dijeron que moriría, pero ella insistió en cuidarlo. Hacía bolitas de pan con leche y se las daba con un dedo. Lo puso en una jaula en la ventana y se levantaba media hora antes de ir al colegio para alimentarlo. Y sobrevivió.

Recuerda María cuando un día apareció la madre del verderón y a través de los barrotes de la jaula le empezó a dar comida. Cada vez que el polluelo piaba, su madre le traía unas hierbas y se las metía por el pico. Pasó una semana así y sin entender por qué, el pajarillo murió.

Fue su abuelo quien se lo explicó. Las hierbas eran un veneno; los pájaros se las dan a sus polluelos cuando creen que no serán capaces de volar…

Con el mismo pie, María golpea la jaula. El pequeño columpio chirría desde dentro con un sonido semejante a un piar desafinado.

El viento, desde fuera, murmura con un sonido de hojas secas.

Queda poco tiempo antes de que Santiago despierte. Y le reclame su dosis.

Lentamente sube los escalones hasta la cocina. Encima de la mesa hay unos sobrecillos blancos.

Barro

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la hija.

Se levanta al alba de unas noches centinelas, acechado por sueños de amargo despertar. Traga unos sorbos de vino acompañado con algo de pan para acallar el reclamo de la vida.

Cruza el campo de espigas con un paso hipnotizado, hacia el taller de la colina. Se sienta delante del torno, coloca una pella de barro y apoya su pie en el pedal,  imprimiéndole un ritmo constante, cansino, sin fin.

El barro gira, gira, gira.

Lo coge entre sus manos acariciando una forma y formando una caricia. Va surgiendo una vasija redonda, lisa, suave…

El barro gira, gira, gira.

¡Él se sentía solo! Y allí sólo estaba ella, amable, alegre y… suave.
La soledad llamó al amor, y el amor a la lujuria. Olvidando la tumba de su esposa, lo que nunca debió ser, fue, y el secreto se agarró a sus almas.

El barro gira, gira, gira.

No pudieron contar con la ayuda de nadie, y su vientre se desgarró entre alaridos, sangre y pecado.

El barro gira, gira, gira.

Y sus dedos se hunden en el barro, arañándose la culpa y estrujando la vasija.

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la vida.

Mensajes del cielo

     —Es injusto —refunfuñó amargado Shiuun—, ya debería estar de vuelta en casa y ahora me ordenan una misión extra. Que si no te importa, que ya que estás cerca del planeta, que total es sólo un ratillo… Telecolonizadores, ¡que bajen ellos!, ¡a mí sólo me contrataron para cargar plusenio y punto!

     La cola de Shiuun golpeaba contra el suelo de la nave, ondulando hacia uno y otro lado, mientras enrabietado, observaba con desdén el dibujo del escapulario que sostenía con la ventosa de uno de sus seis brazos. Los primeros exploradores lo habían etiquetado como información básica del aspecto de los terrícolas.
     —¡Y ahora a transformarme! ¡Con lo que pica!
     Se recolocó el aura que le había quedado torcida y decidió dejar en la nave al niño y los angelitos. No le gustaba viajar con mucho equipaje. Descendió levitando desde el cielo y adoptó el mismo gesto que la hembra del dibujo.
     Bajó hasta una colina pedregosa y saludó (telepáticamente) a tres humanos de bocas abiertas.
     «Ya estoy aquí.»
     —¡Milagro, milagro! —exclamaron los pastores— ¡Viene de los cielos a salvarnos del infierno!
     «Así es, vengo del cielo. Y eso del infierno… allí no existe.»

     Shiuun constató que aquella era una raza débil (las piernas se les doblaban por la mitad dejándolos postrados) y sucia (olían mal y densas legañas cubrían sus párpados). Miró a su alrededor y dijo:
     «Usad las aguas del río; limpiaos con ellas los ojos y estos verán por fin la luz.»
     —¿Volverás? —preguntaron al verlo marcharse, ascendiendo.
     «Sólo volveré cuando dispongáis de un lugar adecuado para que él —dijo señalando a su transporte insterestelar oculto por las nubes, y pensando en lo trabajoso que sería descargar desde allí los robots de aprendizaje—, pueda llegar hasta aquí.»

     Dos meses después, la ermita estuvo acabada.

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