En contra de lo que se pudiera pensar, la no-vida de un
zombi no es fácil.
Todo ocurrió por su culpa; ella no se resignaba, al
contrario que yo mismo, a aceptar el final que me había pronosticado aquel escáner.
Yo, por mi parte, sabía que las misiones fundamentales estaban cumplidas: con
el tipo de vida que había llevado hasta ese momento era más que probable que
mis genes estuviesen reproducidos en una docena de chavales; trasplanté el
agonizante geranio del balcón en una maceta nueva dando por sentado que lo de plantar un árbol puede extenderse a
cualquier individuo de la clase vegetal; y si no un libro, aquella carta a mi
jefe en la que le escribí todo aquello que pensaba de él, hijo de promiscua
madre y poseedor de lucida cornamenta, bien podría considerarse como un epílogo
bukowskiano.
Pero no, ella quería retenerme a su lado. Decía que desde
que estaba conmigo la vida le sonreía. Y ella, a su vez, sonreía cuando me
llamaba Talis-man, su hombre de suerte.
Talis, me dijo, no voy a consentir que me abandones. Y vaya
si lo consiguió. Todavía estaba yo en pleno tratamiento cuando viajó a Haití
para realizar un cursillo de vudú.
Creo que desde entonces, gran parte del escepticismo con que siempre he juzgado
la utilidad de estos congresos, se ha desvanecido en la certeza de que, por lo
menos, hay algunos en los que sí que se pueden aprender cosas. Heme aquí, si no
viva, sí prueba de ello.
Cuando volvió del viaje, me hizo tomar unos polvos —con
sabor a menta tropical— y de lo que pasó después, velas, ritos y sangre de
pollo coagulada, aunque no guardo memoria, sí que guardo, al lado de la
película de Mary Poppins, la cinta de video que grabó de todo aquello. Fue una
gran filmación, se la calificaron con un ocho cuando la mandó como tesina de
prácticas a su profesor-maestro-vudú de las Antillas.
Ahora, mi existencia es un tanto diferente.
La primera vez que intenté afeitarme, en esta nueva faceta
de mi no-vida, conseguí de una sola pasada eliminar toda la barba… y toda la
mejilla. Mi carne, ahora, está blanducha y cuesta mantenerla en su lugar. Pero
lo arreglé bien, un poco de silicona y el genial nº 44 de Max-factor ofrecen
la ilusión de una cara completa.
Nuestros gastos han aumentado. Cada mañana, lleno la bañera
con diez botes de Varón Dandy de
medio litro cada uno; el tendero de mi barrio me idolatra. No es que tenga una
predilección especial por este perfume, pero es el único que consigue ahuyentar
a las docenas de perros, gatos y ratas que cuando no lo uso, atraídos por el
olor, me persiguen por la calle, cual caducado flautista de Hamelin.
No duermo. Esto podría no ser un problema si nuestra casa no
fuera un pequeño apartamento de sesenta metros cuadrados; el salón está
atestado con todos los cachivaches que compro por teléfono al Tele-tienda. No duermo, ya lo dije. Mi
última adquisición ha sido una máquina vibradora, para mantenerme en forma.
Ahora no puedo ir a gimnasio, probé un día pero dejé la toalla hecha un asco y
un dedo en el pulsioxímetro. Sin embargo, sólo he usado una vez la vibration training plus; a los cinco
minutos de estar subido en ella tenía los pezones en las rodillas. Literalmente.
Hoy estoy un tanto deprimido. Hace un rato me bebí una
cerveza. Odio cuando se me olvidan las cosas que no debo hacer. Lo dicho, casi
instantáneamente una mancha espumeante se extendió por mi entrepierna. No debí
hacerlo pero me bajé la bragueta y contemplé apenado el estropicio. Esto del
estropicio ocurrió hace dos noches, cuando ella me dijo, venga machote, hasta el fondo. Y allí mismo se quedaron mis partes.
Y yo sin ellas. Y con el estropicio.
He decidido que no vale la pena. Perdido lo perdido, a mi
existencia poco sentido le queda.
Me levanto de la silla de la cocina. Como un zombi —no
podría ser de otro modo—camino hasta la nevera. La abro. La única manera de
librarme de esto es contrarrestarlo con la chispa de la vida. Avanzo una mano y
con decisión agarro la roja lata de letras blancas que ha de darme la libertad.
Bebo.
Asco de memoria. Otra mancha.