Hay historias en las que no pasa nada.
Hay momentos en los que no pasa nada o puede que esté pasando todo.
La mañana es fabulosa; es tan difícil
usar este adjetivo que cuando algo lo merece no se puede despreciar
la oportunidad. El aire es limpio, nuevo. En el parque los
gorriones alborotan, pían y, bueno, hacen lo que suelen hacer
siempre pero con un nerviosismo que llena todo de velocidad y
urgencia.
Un hombre ve un banco vacío y toma
tres decisiones: se va a sentar, conectará su walkman y perderá su
nombre por algún rato. No quiere saber quién era hasta hace un
segundo, es más, ya se ha olvidado.
La madera del banco cruje dándole la
bienvenida. Él corresponde al detalle desprendiendo una hoja
atrapada entre dos listones. Un auricular, otro, play, los ojos
cerrados, y el sol que traspasa sus párpados dejándolo en una
oscuridad de luz.
Le gusta lo que oye, hace juego con el
momento. Como no sabe quién canta abre un ojo, de tapadillo, para
ver la pantalla: 03.Ben Harper.Fool For A Lonesome Train.mp3. No
tiene ni idea de quién es, ni siquiera entiende lo que dice, pero da
igual. Le gusta y... hace juego con el momento.
Vuelve a ensoñarse. Deja que la
armónica y los tonos bajos le dirijan el cuerpo; deja que se
encarguen de respirar por él, prestándoles el alma.
Cuando pasan diez minutos, o mil años
—no lo sabe—, se abre al mundo y decide tres cosas: se levantará,
volverá al sitio de donde vino y dará su walkman al hombre de manos
crispadas que ahora se sienta a su lado.
Su nombre... por ahora, aunque sólo
sea por diez minutos más, no quiere recuperarlo.