La cola de Shiuun golpeaba contra el suelo
de la nave, ondulando hacia uno y otro lado, mientras enrabietado, observaba
con desdén el dibujo del escapulario que sostenía con la ventosa de uno de sus
seis brazos. Los primeros exploradores lo habían etiquetado como
información básica del aspecto de los terrícolas.
—¡Y ahora a transformarme! ¡Con lo que
pica!
Se recolocó el aura que le había quedado
torcida y decidió dejar en la nave al niño y los angelitos. No le gustaba viajar con mucho equipaje. Descendió
levitando desde el cielo y adoptó el mismo gesto que la hembra del dibujo.
Bajó hasta una colina pedregosa y saludó
(telepáticamente) a tres humanos de bocas abiertas.
«Ya estoy aquí.»
—¡Milagro, milagro! —exclamaron los
pastores— ¡Viene de los cielos a salvarnos del infierno!
«Así es, vengo del cielo. Y eso del
infierno… allí no existe.»
Shiuun constató que aquella era una raza
débil (las piernas se les doblaban por la mitad dejándolos postrados) y sucia
(olían mal y densas legañas cubrían
sus párpados). Miró a su alrededor y dijo:
«Usad las aguas del río; limpiaos con
ellas los ojos y estos verán por fin la luz.»
—¿Volverás? —preguntaron al verlo
marcharse, ascendiendo.
«Sólo volveré cuando dispongáis de un
lugar adecuado para que él —dijo señalando a su transporte insterestelar oculto
por las nubes, y pensando en lo trabajoso que sería descargar desde allí los
robots de aprendizaje—, pueda llegar hasta aquí.»
Dos meses después, la ermita estuvo
acabada.
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