«De la imaginación nos empecinamos en apreciar solamente lo que consideramos ingenioso y nos apresuramos a relegarla al mundo de la fantasía sin comprender hasta qué punto es la única herramienta de que disponemos para atisbar la realidad.» (Gonzalo Suárez)

Los conejos no llevan reloj

Ya está lista la portada del libro que me publica La fragua de Metáforas en la colección "Hojas de fuelle". Es todo un lujo: una edición cuidada de un tamaño adecuado al contenido (solo mide 15x15), en papel artesanal y que cuenta con las ilustraciones de Elena Mellado (una joven artista).
Este ha sido el premio por ganar en la segunda edición del concurso "Esculpiendo historias" con el microrrelato "Humor cósmico".  No está nada mal, ¿eh?

Humor cósmico

En la nave, al emprender el viaje de vuelta, se oyó una carcajada alienígena.

En la Tierra, hasta entonces desierta, quedó su legado: una gallina y un huevo.

El sexador de pollos

     La cinta iba cada vez más rápido y Hurimi se estaba retrasando. Era muy disciplinado, no le gustaba perder el control de la situación. Si no conseguía adelantarse a sí mismo, se produciría un desborde de los pollos acumulados y su terrible consecuencia: el despido.

     Hurimi no podía permitirse perder el trabajo. Eran los únicos ingresos que tenía para mantenerse y proseguir con su vida rutinaria y metódica. Sólo contaba con cuatro segundos para decidir, mirándoles el músculo del ano, el futuro de cada pollo: para carne o para huevos. Se concentró en la tarea y su tiempo comenzó a bajar; tres segundos noventa, tres ochenta, tres setenta.
     —Macho, hembra, macho, macho, ¿…?
    No podía creer lo que estaba viendo: un pollo sin culo. Un segundo. «¡Esto no puede ser!» Uno veinte. «Por más que miro no lo encuentro.» Dos segundos. «El desborde…» Tres veinte.« ¿Y ahora qué hago?» Tres cuarenta «¡Al bolsillo del pantalón!» Solucionado el problema, siguió faenando: uno aquí, otro allí… hasta que la sirena anunció el final del turno.

     Volvió a casa, olvidado del pollo que dormitaba en su bolsillo. Fue al desvestirse cuando un bostezo piado le recordó su existencia. Cogió al bicho y con dos dedos intentó estrangularlo ¡casi pierde el trabajo por su culpa! El pollo medio asfixiado, pidió clemencia juntando sus alas en gesto de súplica. Hurimi se apiadó de él y lo soltó.
     —Benevolente Hurimi —dijo el plumífero, agradecido—, has de saber que soy especial. Tengo el don de otorgar deseos y, a ti, por salvarme, te concederé aquello que más quieras.
     Quedó el sexador pensativo. Hizo una síntesis de su reglada vida, y supo lo que más deseaba.
     —Pues solo quiero que tú también tengas culo.

     En el universo particular de Hurimi, el orden quedó restablecido.

Tiempo de volar

María, con paso lento, baja a la cámara. Todavía no ha amanecido y la tenue luz de la bombilla ilumina desganada los estantes. Entre telarañas está atrapada toda una vida. La de María.

Coge una foto enmarcada y pasándole un dedo rescata del polvo un rostro; Santiago, su hijo, le sonríe desde el papel satinado. María intenta recordar si después de aquella hubo alguna otra sonrisa. Pero no encuentra el recuerdo.

Hace frío allá abajo. Se cruza sobre el pecho la rebeca.

Sin querer, golpea con el pie una jaula oxidada. Se queda mirándola fijamente. Cuánto tiempo había pasado…

… Era un polluelo de verderón. Marrón y con el pecho amarillo. Le dijeron que moriría, pero ella insistió en cuidarlo. Hacía bolitas de pan con leche y se las daba con un dedo. Lo puso en una jaula en la ventana y se levantaba media hora antes de ir al colegio para alimentarlo. Y sobrevivió.

Recuerda María cuando un día apareció la madre del verderón y a través de los barrotes de la jaula le empezó a dar comida. Cada vez que el polluelo piaba, su madre le traía unas hierbas y se las metía por el pico. Pasó una semana así y sin entender por qué, el pajarillo murió.

Fue su abuelo quien se lo explicó. Las hierbas eran un veneno; los pájaros se las dan a sus polluelos cuando creen que no serán capaces de volar…

Con el mismo pie, María golpea la jaula. El pequeño columpio chirría desde dentro con un sonido semejante a un piar desafinado.

El viento, desde fuera, murmura con un sonido de hojas secas.

Queda poco tiempo antes de que Santiago despierte. Y le reclame su dosis.

Lentamente sube los escalones hasta la cocina. Encima de la mesa hay unos sobrecillos blancos.

Barro

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la hija.

Se levanta al alba de unas noches centinelas, acechado por sueños de amargo despertar. Traga unos sorbos de vino acompañado con algo de pan para acallar el reclamo de la vida.

Cruza el campo de espigas con un paso hipnotizado, hacia el taller de la colina. Se sienta delante del torno, coloca una pella de barro y apoya su pie en el pedal,  imprimiéndole un ritmo constante, cansino, sin fin.

El barro gira, gira, gira.

Lo coge entre sus manos acariciando una forma y formando una caricia. Va surgiendo una vasija redonda, lisa, suave…

El barro gira, gira, gira.

¡Él se sentía solo! Y allí sólo estaba ella, amable, alegre y… suave.
La soledad llamó al amor, y el amor a la lujuria. Olvidando la tumba de su esposa, lo que nunca debió ser, fue, y el secreto se agarró a sus almas.

El barro gira, gira, gira.

No pudieron contar con la ayuda de nadie, y su vientre se desgarró entre alaridos, sangre y pecado.

El barro gira, gira, gira.

Y sus dedos se hunden en el barro, arañándose la culpa y estrujando la vasija.

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la vida.