El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro
alfarero se le ha muerto la hija.
Se levanta al alba de unas noches centinelas, acechado por
sueños de amargo despertar. Traga unos sorbos de vino acompañado con algo de
pan para acallar el reclamo de la vida.
Cruza el campo de espigas con un paso hipnotizado, hacia el
taller de la colina. Se sienta delante del torno, coloca una pella de barro y
apoya su pie en el pedal, imprimiéndole
un ritmo constante, cansino, sin fin.
El barro gira, gira, gira.
Lo coge entre sus manos acariciando una forma y formando una
caricia. Va surgiendo una vasija redonda, lisa, suave…
El barro gira, gira,
gira.
¡Él se sentía solo! Y allí sólo estaba ella, amable, alegre
y… suave.
La soledad llamó al amor, y el amor a la lujuria. Olvidando
la tumba de su esposa, lo que nunca debió ser, fue, y el secreto se agarró a
sus almas.
El barro gira, gira,
gira.
No pudieron contar con la ayuda de nadie, y su vientre se
desgarró entre alaridos, sangre y pecado.
El barro gira, gira,
gira.
Y sus dedos se hunden en el barro, arañándose la culpa y
estrujando la vasija.
El maestro alfarero ya
no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la vida.