Coge una foto enmarcada y pasándole un dedo rescata del polvo un rostro; Santiago, su hijo, le sonríe desde el papel satinado. María intenta recordar si después de aquella hubo alguna otra sonrisa. Pero no encuentra el recuerdo.
Hace frío allá abajo. Se cruza
sobre el pecho la rebeca.
Sin querer, golpea con el pie una
jaula oxidada. Se queda mirándola fijamente. Cuánto tiempo había pasado…
… Era un polluelo de verderón. Marrón y con el pecho amarillo. Le dijeron
que moriría, pero ella insistió en cuidarlo. Hacía bolitas de pan con leche y
se las daba con un dedo. Lo puso en una jaula en la ventana y se levantaba
media hora antes de ir al colegio para alimentarlo. Y sobrevivió.
Recuerda María cuando un día apareció la madre del verderón y a través de
los barrotes de la jaula le empezó a dar comida. Cada vez que el polluelo
piaba, su madre le traía unas hierbas y se las metía por el pico. Pasó una
semana así y sin entender por qué, el pajarillo murió.
Fue su abuelo quien se lo explicó. Las hierbas eran un veneno; los
pájaros se las dan a sus polluelos cuando creen que no serán capaces de volar…
Con el mismo pie, María golpea la
jaula. El pequeño columpio chirría desde dentro con un sonido semejante a un
piar desafinado.
El viento, desde fuera, murmura
con un sonido de hojas secas.
Queda poco tiempo antes de que
Santiago despierte. Y le reclame su dosis.
Lentamente sube los escalones
hasta la cocina. Encima de la mesa hay unos sobrecillos blancos.
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