La cinta iba cada vez más rápido y Hurimi
se estaba retrasando. Era muy disciplinado, no le gustaba perder el control de
la situación. Si no conseguía adelantarse a sí mismo, se produciría un desborde
de los pollos acumulados y su terrible consecuencia: el despido.
Hurimi no podía permitirse perder el
trabajo. Eran los únicos ingresos que tenía para mantenerse y proseguir con su
vida rutinaria y metódica. Sólo contaba con cuatro segundos para decidir,
mirándoles el músculo del ano, el futuro de cada pollo: para carne o para
huevos. Se concentró en la tarea y su tiempo comenzó a bajar; tres segundos
noventa, tres ochenta, tres setenta.
—Macho, hembra, macho, macho, ¿…?
No podía creer lo que estaba viendo: un
pollo sin culo. Un segundo. «¡Esto no puede ser!» Uno veinte. «Por más que miro
no lo encuentro.» Dos segundos. «El desborde…» Tres veinte.« ¿Y ahora qué
hago?» Tres cuarenta «¡Al bolsillo del pantalón!» Solucionado el problema,
siguió faenando: uno aquí, otro allí… hasta que la sirena anunció el final del
turno.
Volvió a casa, olvidado del pollo que
dormitaba en su bolsillo. Fue al desvestirse cuando un bostezo piado le recordó
su existencia. Cogió al bicho y con dos dedos intentó estrangularlo ¡casi
pierde el trabajo por su culpa! El pollo medio asfixiado, pidió clemencia
juntando sus alas en gesto de súplica. Hurimi se apiadó de él y lo soltó.
—Benevolente Hurimi —dijo el plumífero,
agradecido—, has de saber que soy especial. Tengo el don de otorgar deseos y, a
ti, por salvarme, te concederé aquello que más quieras.
Quedó el sexador pensativo. Hizo una
síntesis de su reglada vida, y supo lo que más deseaba.
—Pues solo quiero que tú también tengas
culo.
En el universo particular de Hurimi, el
orden quedó restablecido.
Sí señora; un cuento redondo. Y con culo y todo.
ResponderEliminarYa ves circular, como el susodicho círculo. Bienvenida a mi humilde página, benevolente Pav.
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