«De la imaginación nos empecinamos en apreciar solamente lo que consideramos ingenioso y nos apresuramos a relegarla al mundo de la fantasía sin comprender hasta qué punto es la única herramienta de que disponemos para atisbar la realidad.» (Gonzalo Suárez)

Barro

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la hija.

Se levanta al alba de unas noches centinelas, acechado por sueños de amargo despertar. Traga unos sorbos de vino acompañado con algo de pan para acallar el reclamo de la vida.

Cruza el campo de espigas con un paso hipnotizado, hacia el taller de la colina. Se sienta delante del torno, coloca una pella de barro y apoya su pie en el pedal,  imprimiéndole un ritmo constante, cansino, sin fin.

El barro gira, gira, gira.

Lo coge entre sus manos acariciando una forma y formando una caricia. Va surgiendo una vasija redonda, lisa, suave…

El barro gira, gira, gira.

¡Él se sentía solo! Y allí sólo estaba ella, amable, alegre y… suave.
La soledad llamó al amor, y el amor a la lujuria. Olvidando la tumba de su esposa, lo que nunca debió ser, fue, y el secreto se agarró a sus almas.

El barro gira, gira, gira.

No pudieron contar con la ayuda de nadie, y su vientre se desgarró entre alaridos, sangre y pecado.

El barro gira, gira, gira.

Y sus dedos se hunden en el barro, arañándose la culpa y estrujando la vasija.

El maestro alfarero ya no puede trabajar. Al maestro alfarero se le ha muerto la vida.

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